Coloca las remolachas enteras y sin pelar en una olla grande y cúbrelas con agua.
Lleva a ebullición y cocina a fuego medio durante 30-40 minutos, o hasta que estén tiernas (puedes comprobar pinchando con un tenedor, debe atravesarlas sin mucha resistencia).
Retíralas del fuego, escurre el agua y déjalas enfriar un poco.
Una vez que estén lo suficientemente frías para manejarlas, pela las remolachas. La piel debería salir fácilmente.
Luego, córtalas en rodajas, cubos o bastones, según prefieras.
En una olla aparte, mezcla el agua, el vinagre, el azúcar y la sal. Si decides usar especias, agrégalas también en este paso.
Lleva la mezcla a fuego medio y deja que hierva suavemente durante 5 minutos, removiendo ocasionalmente para asegurarte de que el azúcar y la sal se disuelvan completamente.
Mientras preparas el líquido, esteriliza los frascos de vidrio donde vas a guardar las remolachas. Puedes hervir los frascos en agua durante 10 minutos o meterlos al horno a 110 °C durante 15 minutos. Asegúrate de que las tapas también estén limpias y secas.
Coloca las remolachas cortadas dentro de los frascos esterilizados, dejando un poco de espacio en la parte superior (aproximadamente 1 cm).
Vierte la mezcla caliente de vinagre, cubriendo completamente las remolachas.
Sella los frascos con las tapas y colócalos en una olla grande con agua hirviendo (el agua debe cubrir al menos la mitad de los frascos). Hierve los frascos durante 10-15 minutos para asegurar el sellado y conservación.
Una vez procesados, retira los frascos con cuidado y déjalos enfriar completamente. Almacena en un lugar fresco y oscuro. Las remolachas en conserva estarán listas para comer después de unos días, cuando hayan absorbido bien el sabor del encurtido.