Deshuesamos las cerezas y en un cuenco las dejamos macerar junto con el azúcar, la vainilla y el licor de fruta (en nuestro caso era licor de melocotón). Lo ideal sería dejarlas una noche entera en el frigorífico.
Estiramos 300 g de masa quebrada y lo colocamos en la base del molde, untado con un poco de mantequilla y harina para que no se pegue.
Reservamos la base en el frigorífico.
Mientras la base se va enfriando, nos ponemos con el enrejado para el pastel de cerezas.
Estiramos el resto de masa quebrada sobre papel de horno y cortamos unas 16 tiras de unos 2 cm con un cortador de pizza o un cuchillo muy afilado.
Colocamos 8 de las tiras en posición horizontal, separadas 2 centímetros entre ellas.
Doblamos la mitad de tiras sobre sí mismas, una sí, una no; y colocamos la primera tira vertical.
Desdoblamos las tiras previamente dobladas, para que queden sobre la tira vertical, y doblamos sobre sí mismas las tiras que antes no habíamos doblado.
Colocamos la siguiente tira vertical, y así sucesivamente.
Dejamos reposar el enrejado en el frigorífico para que endurezca un poco.
Mezclamos la maizena con las cerezas y su jugo, y las distribuimos en la base que teníamos en el frigorífico ya preparada.
Colocamos el enrejado y cortamos los sobrantes de las tiras, de manera que sobresalgan un poco de molde. Metemos el sobrante entre la base y el molde y apretamos con los dedos para que se integre.
Finalmente, horneamos a
200 °C con el horno previamente calentado, calor arriba y abajo. Colocamos el pastel en la posición más baja posible, durante unos 30-40 minutos. Y ya está! Ya tenéis vuestra fantástica tarta de cerezas: fácil y muy atractivo. Y ya sabéis, si lleva fruta, no engorda! ;)